jueves, 20 de agosto de 2015

Por qué dejé la Universidad

El sueldo que me ofrecieron para dirigir el Centro de Cálculo de la Universidad era análogo al que cobraba del OCDE-ENEA en Ispra, pero en la práctica era mayor, ya que en aquella época casi todo era en España más barato que en Italia. Además, para un soltero, incluso un sueldo menor hubiera sido suficiente.

Pero me casé, empecé a tener hijas... y tuvo lugar la primera crisis del petróleo, que hizo que los precios crecieran desorbitadamente en siete años, sin que la Universidad mostrase el más mínimo interés en subir los sueldos del personal contratado, no funcionario.

El flamante "gerente" que el rector había contratado para poner orden en las cuentas de la Universidad era perfectamente consciente de que mi sueldo era bajo. Él o algún otro listillo de su equipo consideraba que era imposible que con mi sueldo hubiera podido comprarme un Citroen GS (¡rojo, para mayor ostentación!), de lo que deducían que yo vendía bajo cuerda a empresas privadas el papel de impresora que comprábamos, ciertamente en grandes cantidades, para satisfacer las necesidades de impresión de los profesores y  alumnos de la Universidad.  

Los ordenadores cedidos por IBM no podían usarse, por el contrato de cesión, para realizar trabajos administrativos, por lo que la Universidad contrató con una empresa la informatización de la matrícula, pero nos encargó  a nosotros el pase a fichas perforadas de los impresos de matrícula. Para acelerar el proceso se contrataron algunas perforistas extra, entre las que se encontraba Clementina Cuevas, que trabajaba por las mañanas en el Banco de España. Fue ella la que le llevó a María Teresa Molina (la analista del Centro de Cálculo que se encargó del tema) la convocatoria de una plaza de "staff" informático, a las órdenes del jefe del centro de cálculo del banco. El sueldo previsto era el doble del que yo ganaba, incluidas las clases en la Facultad de Ciencias y en el Instituto de Informática, y los requisitos exigidos se adaptaban como un guante a mi curriculum (aunque mi inglés hablado es bastante deficiente).

Era justamente el día en que vencía el plazo para presentar la solicitud, así que, sin pensarlo  dos veces, reuní la documentación necesaria y la presenté. Siempre podría repensarlo con calma si me daban la plaza.

Parece ser que quedamos  dos finalistas (no sé quién sería el otro), y el tribunal no tenía muy claro a quién escoger. Decidieron que pasáramos los dos un exhaustivo y decisivo examen psicológico de resultas del cual me dieron a mí la plaza.

Gracias a mi fortaleza psicológica, supongo, he sobrevivido algo más de 31 años trabajando en el Banco de España.     
  
Gracias al nuevo  sueldo, que resultó ser casi el triple del que ganaba en la Universidad, pude permitirme el lujo de hacerme un "aparato" para subsanar mis carencias dentales (que me ha durado 40 años) y unas fundas estupendas para los incisivos de mi mujer (que todavía le duran). Diría que este fue el motivo determinante, la gota que colma el vaso, para aceptar el puesto.