jueves, 30 de julio de 2015

Tetraedrón - 55 - El aullido de Vreta-Lemmul

Vreta-Lemmul contempló con orgullo el aparato que había fabricado. Era una pequeña nave de brillantes colores en cuyo centro se alojaba la Zeta Barrada.

Un delicadísimo medidor de vibraciones de increíble precisión enfocaba la barra correspondiente al Tetraedro Amarillo. Y un minúsculo piloto automático estaba programado para realizar un viaje con millones de paradas en millones de puntos de la cara amarilla del espacio.

En cada parada, el medidor anotaría, junto a las coordenadas del punto en que se encontraba, la intensidad de la vibración de la Zeta, deduciendo así en que zona de la cara se encontraba el tetraedro. El piloto automático dividiría esa zona en subzonas más pequeñas hasta encontrar la subzona en la que estaba el tetraedro, volviendo a dividir esa subzona en otras más pequeñas,  cuantas veces fuera necesario, hasta conseguir finalmente localizarlo.   

Vreta-Lemmul esperaba tenerlo localizado en menos de treinta días[1]... ¡Treinta días para ser el Amo del Universo! ¡Treinta días para ser un Dios!...

Vreta-Lemmul salió a una de las terrazas de su enorme mansión y contempló el móvil y multicolor espectáculo de la ciudad que había creado... ¡Treinta días y podría hacer que todo el Universo fuera tan hermoso como Torofino!... Y tan sumiso como su habitantes... Todo ser pensante del Tetraedro tendría la obligación de presentarse al menos una vez ante él... ante Él... y rendirle pleitesía. Colas de miles de millones de seres estarían permanentemente esperando a sus puertas a que él... ¡Él!... se asomara para que le vieran en toda su magnificencia...    

¿Cómo Se transformaría Él mismo para ser más impresionante?... Reharía Su Cuerpo a un tamaño tan enorme que Sus súbditos serían para Él como minúsculos granos de arena...

Vreta-Lemmul se alzó sobre sus patas posteriores y lanzó un aullido tan bestial que hizo que, por unos momentos, la ciudad se paralizara. Todos los torofineses, los ciberbiotas y los robots se volvieron para mirar hacia la gigantesca mansión piramidal donde vivía Vreta-Lemmul. Hasta los edificios más lejanos dejaron por unos instantes de balancearse.

Vreta-Lemmul presionó un punto de brillante color púrpura en la parte superior de la pequeña nave que sostenía con una de sus garras, y la nave desapareció. Luego desplegó el Libro de la Sabiduría.

- ¿Llegó Resvur a conseguir el Fuego Verde? ¿Dónde está ahora?

“La última vez que me consultó, lo tenía,  pero no puedo saber que pasó después.”

La historia que Vreta-Lemmul conocía era que, después de la derrota de Resvur, los tetraedros habían sido vueltos a esconder, cada uno en su correspondiente cara del universo y que la Zeta Barrada y el Libro de la Sabiduría habían desaparecido, quizás destruidos. Pero no decía nada del Fuego Verde. Al parecer nadie conocía su existencia, salvo los antiguos habitantes de Ceres y, por tanto, el Libro y quien lo consultara después.

Desconociendo su existencia, ni siquiera lo habían buscado. Por tanto el Fuego Verde debía estar en la Tierra. ¿En la cueva de Resvur?   

El cofre que había traído Zojemtu contenía cuatro esmeraldas talladas como cuatro de los cinco posibles poliedros regulares. Sin duda el Fuego Verde era el octaedro que faltaba.
           
- Muéstrame la cueva de Resvur. – pidió Vreta-Lemmul.

En la superficie del Libro fueron apareciendo todas las estancias de la cueva, empezando por la entrada exterior y terminando en la cripta, tras la puerta dorada, junto al cadáver de Resvur.

- ¡Lleva al cuello la Zeta Barrada!

“La llevaba. Javier se la quitó.” Contestó el Libro mientras mostraba como Javier se la quitaba.

- ¿Qué más se llevaron Javier y su hijo de la cueva?

“El Libro, la astronave y una vasija de barro.”

Las tres cosas aparecieron por unos instantes en la superficie del Libro.

- ¿Qué tenía la vasija?

“Una greca de zetas barradas que daban la clave para llegar hasta la tumba de Resvur.”

- Pregunta a pregunta, no vamos a acabar nunca… - musitó Vreta-Lemmul - Al igual que eres capaz de recoger en un instante toda la información de mi cerebro, ¿puedes volcar en él toda la información que posees?

“Podría, si tu cerebro tuviera el tamaño suficiente.”

Vreta-Lemmul apenas pudo frenar un arrebato de ira.      

- Toda la información sobre un tema concreto, estúpido libro… Por ejemplo, sobre esa vasija de barro.

Fue solo un instante, pero Vreta-Lemmul supo todo lo que Daniel sabía sobre la vasija:

o   La vasija era semiesférica y estaba “desde siempre” en su casa.
o   La había encontrado su padre, medio escondida, junto a la entrada de la cueva de Resvur.
o   Tenía pintada una greca de zetas barradas que daba la clave para bajar hasta la tumba de Resvur y para poner en marcha su astronave.
o   Mojando la vasija, se resaltaba la greca rojiza sobre el fondo ocre grisáceo. 
o   Su padre, Javier, la había utilizado como modelo para la vasija que llevaba una mujer en un juego titulado “El Talismán”.
o   A Daniel le parecía demasiada casualidad que fueran ellos, que tenían en su casa la vasija, los que habían recibido la llamada de Nemdé.

“El Talismán”… ¿Era casualidad que en el juego, en el que aparecía una copia de la vasija, apareciera un talismán? ¿Sería el talismán un tetraedro esmeralda?... ¿No le había dicho Nemdé a Daniel que en la Tierra había una potente antena receptora de ondas mentales?...

- Pásame toda la información sobre el juego de “El Talismán”. – pidió al Libro.

La información no era muy extensa, ya que Daniel solo había empezado a jugarlo, llegando solo hasta el momento en que se rompe la vasija y la mujer parece recoger un trozo del suelo, pero Vreta-Lemmul tomó una decisión: él mismo iría a la Tierra a buscar la vasija y el Fuego Verde. E iría inmediatamente, antes de que se llevara a cabo su destrucción, como se había propuesto en la reunión de la Confederación de la Cara Negra.

Asimiló, a través del Libro, todos los detalles que conocía Daniel sobre su casa, y en concreto su situación, distribución de habitaciones, puertas, ventanas, altura de techos… demasiado bajos para él… Llevaría a Zojemtu consigo. El ciberbiota volvería a serle útil.



[1] Los días de Torofino son un poco más largos que los de la Tierra. Vreta-Lemmul calculaba que bastarían unos tres millones de paradas para tener suficientemente localizado el lugar donde se encontraba el Tetraedro Amarillo. El medidor solo necesitaba de un segundo (terráqueo) para hacer una medición y desplazarse al siguiente punto. 3.000.000 de segundos = 50.000 minutos = 833,333 horas = 34,7222 días terráqueos.