lunes, 15 de diciembre de 2014

Tetraedrón - 41 - Viaje a Marte

Cuando Javier se despertó eran ya más de las ocho de la mañana y Toyaza no le había despertado para que le relevara en la guardia. Se dirigió al puesto de control de la astronave, y lo encontró allí, dormido, tendido en el suelo junto a la consola de mando.

¿Para qué servirían los tres únicos botones de la consola? Javier los examinó detenidamente. El primero tenía grabado un signo menos; el segundo, un signo más; y el tercero, un asterisco.

- Menos, más y por [1] ... – susurró Javier.

¿Para hacer operaciones? ¿Con qué operandos?  ¿Tendrían algo que ver con el código de zetas barradas de la vasija que encontró a la entrada de la cueva de Resvur? Nunca había más de tres zetas en el mismo sentido...

Javier se quedó unos instantes pensativo. Luego recapacitó: era muy improbable que en tiempos de Resvur se utilizaran los mismos signos aritméticos que en la actualidad. Pero entonces ¿qué significaban esos signos?...

El signo menos es una raya. El más tiene dos. Y el asterisco... ¡tres!

Javier tecleó 3...3...1...2...3...2...1... y la pantalla del panel de control se iluminó.

- ¡Llévanos a Marte! – ordenó, despertando a Toyaza.

La nave se puso en movimiento. Igual que en el viaje a Nemdé, se vieron en la gran pantalla de la consola de mando las rocosas paredes de la cueva. Luego las cumbres del Guadarrama, algunas nubes y un cielo azul. Después ascendieron sobre las nubes y el cielo se fue oscureciendo hasta quedar completamente negro, salvo por millones de estrellas: muchas más de las que permite distinguir la capa de atmósfera que rodea la Tierra, y por el fulgurante disco blanco del sol.   
 
- ¡Vamos a Marte! – Exclamó jubiloso Toyaza al tiempo que se ponía de pie de un salto – Eras tú el que tenía que pedirlo, no quien tuviera la Zeta Barrada...

Javier no le contradijo.

Juliana y Daniel, que también se habían despertado, acudieron a la sala de control y, como el día anterior, cuatro tazas de maktel aparecieron por una escotilla.

- Está muy bueno, – dijo Javier – pero espero que el chef disponga de un menú más variado.

No hubo cambio de espacio tridimensional para viajar a Marte. Estaba demasiado cerca como para que valiera la pena [2] . La Tierra, azul y blanca, fue haciéndose cada vez más pequeña en la pantalla, y al cabo de no más de dos horas, Marte, marrón rojizo, fue aumentando de tamaño hasta que la astronave se  posó en su superficie.   

Toyaza, seguido por los demás, fue a la entrada de la astronave y se puso uno de los trajes espaciales. Antes de ponerse la escafandra sacó la Zeta Barrada y se la entregó a Javier.

- Toma. Yo no la necesito para nada... Y puedes volver a la Tierra... No hay enanos en la cueva. No sé como, pero han muerto todos calcinados. 

Cerró la puerta que comunicaba el vestíbulo de la entrada con el resto de la nave. Abrió la puerta exterior y, después de cerrarla, bajó despacio por la rampa mientras contemplaba el desolado paisaje de su planeta de origen. El Sol, de un tamaño aparente visiblemente menor a como se ve desde la Tierra, estaba ya muy bajo. El cielo era de color rojo salmón, oscurecido en el horizonte, donde una tormenta de arena difuminaba el paisaje en la lejanía. Se encontraban en una seca planicie, quebrada a unos trescientos metros por un precipicio. Notó la menor gravedad y la total ausencia de plantas.

Javier se colgó del cuello la Zeta Barrada.

- Me da la impresión de que la Zeta vibra levemente y emite un sonido...

- Va a suicidarse. – profetizó Juliana.

Javier pasó al vestíbulo, se puso otro traje espacial y fue tras Toyaza. Cuando le alcanzó, estaba ya parado al borde del precipicio. Ante ellos se extendía un enorme barranco sin fondo visible, cuya pared opuesta, a contraluz del sol poniente, se encontraba a más de un kilómetro de distancia.

- ¿Por qué me has seguido? Vuelve a tu Tierra. Déjame que muera aquí. ¿Qué otro futuro me queda? Déjame... Al igual que con Nemdé, Resvur se alegrará de que hayas terminado también con el último de mi raza...

- Toyaza... Puede que descienda de Resvur, pero Resvur descendía a su vez de tu raza... No tienes por qué ser el último... ¿Quién te dice que en otros planetas no haya también supervivientes como los que quedasteis en la Tierra? Tenemos una astronave... Podemos buscarlos...

- Una aguja en un pajar... – dijo Toyaza.

- Una aguja en todo un Universo, - contestó Javier – pero ¿quién nos impide buscarla?...

Toyaza no pareció muy optimista, y guardó silencio durante un rato.

- Me gustaría, de todas formas, explorar el planeta de mis antepasados.

El sol se había ya puesto y Fobos y Deimos, las lunas de Marte, apenas si reflejaban una décima parte de la luz que refleja la Luna en la Tierra.




[1] En los libros de Matemáticas se emplea normalmente el punto o una equis minúscula para indicar una multiplicación. En los lenguajes de programación de ordenadores suele emplearse el asterisco.

[2] El vacío creado por la desaparición instantánea de una voluminosa nave espacial crearía un tremendo vacío en un lugar con aire, y el aire cercano intentaría llenarlo provocando una peligrosa succión para todo lo que se encontrase en su proximidad. Peor sería aún el efecto de que una nave apareciera en un lugar en donde ya había materia, sobre todo para los tripulantes si había materia sólida. 

Las coordenadas que se utilizan en los viajes espaciales no corresponden exactamente al planeta al que están asociadas, sino a un punto seguro y cercano desde el que acceder a él. Es por esto por lo que los viajes interestelares no son instantáneos. Al tiempo transcurrido entre cambios de coordenadas hay que añadir los tiempos, que pueden ser de horas, o incluso de días,  para ir del lugar de origen a un punto seguro y del segundo punto seguro al lugar de destino.

En viajes dentro de un mismo sistema solar, como el de la Tierra a Marte, puede tardarse menos en hacer un viaje directo “convencional” que hacerlo a través de esos puntos seguros.