miércoles, 30 de julio de 2014

Tetraedrón - 32 - La estirpe de Ceres

Javier no lo había visto nunca, pero, por la descripción que le había hecho Daniel, comprendió  que la imagen que apareció en la pantalla de la astronave era la de Resvur, con sus ojos profundos y sus blancos labios.

‑ Esta grabación está dedicada a mi hijo, ‑ dijo la imagen del visor ‑ y si no lo eres, mereces serlo  y desde ahora te nombro mi heredero. Ve y venga mi muerte.

‑ Quiero volver a la Tierra ‑ dijo Javier, aunque enseguida se dio cuenta de la inutilidad de sus palabras.

‑ Te voy a contar algunos hechos que, si mi plan está funcionando, es probable que hayan sido olvidados, ya que, para que esta incursión contra Nemdé tenga éxito, han tenido que pa­sar al menos diez mil años.

La imagen de Resvur permaneció unos momentos callada.

‑ No voy a comenzar por el origen de los tiempos, cuando todo el universo estaba concentrado en un único punto de energía. Han pasado desde entonces millones y millones de años, y en millones de mundos ha aparecido la vida, y, a partir de ella, la inteligencia, para desaparecer después. Grandes im­perios han nacido y se han derrumbado sin que quede de ellos el más leve recuerdo. Pero, sin duda, el más grande imperio de todos los tiempos sur­gió en Ceres, el quinto planeta de nuestro sistema solar.

Un diagrama del sol y sus planetas sustituyó en el visor, por unos momen­tos, al rostro de Resvur, distinguiéndose claramente Saturno con sus ani­llos y, entre Marte y Júpiter, en lugar del cinturón de asteroides, Ceres, verde y blanco.

‑ Todos los demás imperios habían ocupado un planeta, un planeta y sus lu­nas o un sistema solar. El de Ceres fue el único que pasó de un sistema solar a otro, llegando a estar bajo su control más de la mitad del tetraedro. Y no fue pura casualidad: Los habitantes de Ceres estaban predestinados a ser los Reyes del Universo, tanto por su elevado nivel de inteligencia, como por las extraordinarias características de su imaginación, cosas ambas que se desarrollaron rápida y eficazmente gracias a su prodigiosa capacidad de adap­tación y a su enorme fecundidad.

Unas rayas azules y rojas cruzaron varias veces la pantalla.

‑ ¿Qué ha sido eso? - preguntó Javier  ‑ ¿Has dicho algo?

- No... No he dicho nada, pero también yo he sentido algo.

Ambos se quedaron un rato en silencio hasta que el discurso de Resvur se hizo de nuevo ininteligible.

‑ Todas las razas inteligentes suelen tener más o menos dormido el instin­to reproductor, debido seguramente a algún tipo de adaptación evolutiva, ya que, al ser inteligentes, pronto consiguen superar largamente los limites naturales de sus vidas, siendo innecesario e incluso contraprodu­cente para la especie una excesiva procreación. Las razas que tienen menos dormido este instinto han elaborado de forma natural otros mecanismos pa­ra minimizar las posibilidades de una superpoblación. Por ejemplo, han desarrollado ciclos de fertilidad‑infertilidad de distintas duraciones para los varones y las hembras, siendo así menos frecuente la reproducción... Pues bien, los varones de Ceres no estaban sometidos a estos ciclos y tenían un instinto reproductor bastante agresivo. Esto provocó un rapidí­simo crecimiento de la población que, a su vez, fue causa de multitud de luchas internas por la supervivencia de los distintos grupos. Naturalmente los supervivientes fueron los más belicosos, los más inteligentes y los más imaginativos. Al principio, por supuesto, los vencedores eran siempre los más belicosos, inteligentes o no, pero cuando ya todos los supervivien­tes eran esencialmente belicosos, la balanza comenzó a inclinarse, de entre ellos, hacia los más inteligentes y, más tarde, por el mismo proceso de selección, hacia los más imaginativos... Las guerras, pues, desarrollaron su inteligencia, su espíritu de conquista, su imaginación y su tecnología. Y con esta base, no es de extrañar que, una vez adquiridos los conocimien­tos necesarios, se lanzaran, bajo la fuerte presión demográfica, a la con­quista del espacio...

Nuevamente las rayas azules y rojas, algún tipo de interferencia, cruzaron la pantalla.

 ‑ Siento como si algo me hurgara en el cerebro. ‑ dijo Toyaza ‑ ¿También tú lo sientes?

Javier asintió con la cabeza. Era como si algo hubiera rozado su mente in­terrogadoramente.

Siguieron esperando atentos. Un minuto más tarde llegó a sus cerebros un murmullo incomprensible. Alguien, de alguna manera, estaba intentan­do entablar contacto.

‑ ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ‑ preguntó Javier irritado.

Pasaron aún unos minutos antes de que, al fin, se entendiera el mensaje.

‑ Somos Nemdé. Somos Nemdé. Somos Nemdé... - sintieron repetidamente hasta que volvió a aparecer la imagen de Resvur.

‑... habitables del sistema solar y comenzaron a poblar la Vía Láctea, encontrándose con otros seres pensantes. Fue entonces cuando comenzaron a comprender los secretos del espacio cuatridimensional, llegando en su sabiduría a diseñar la Zeta Barrada, los cuatro tetraedros que estabilizan el universo, y a edificar en el Vértice del Tiempo un palacio desde el que tener acceso sincrónico[1] a sus cuatro caras.

Tras una fugaz visión de la Vía Láctea, la pantalla mostró el Palacio de Cristal, volviendo, tras una pausa, a verse el rostro de Resvur.

‑ Los descendientes de Ceres que fueron poblando otros planetas comenzaron pronto a adaptarse a ellos, cambiando incluso físicamente en for­ma notable Y con la adaptación perdieron normalmente gran parte de su fe­cundidad y de su imaginación, pero no de su inteligencia ni de su belico­sidad, estallando entre ellos una tremenda guerra civil que terminó con el desmembramiento del Imperio y la completa destrucción de Ceres, el planeta original. No hay duda de que Nemdé intervino en esa guerra, al menos como instigador, quedando al final como árbitro del armisticio y en posesión de los tetraedros, que mandó destruir... cosa que no consiguió... Muertos sus fabricantes, nadie conocía el secreto de su construcción, resultando prác­ticamente indestructibles. Entonces decidió entregarlos, para su custodia, a cuatro razas, una en cada cara del tetraedro. Y pasaron siglos antes de que se volviera a hablar de ellos.

Resvur sonrió silenciosamente.

‑ Con el desmembramiento del imperio quedaron incomunicados Marte y la Tie­rra. Pero cuando sus habitantes volvieron a desarrollar una tecnología es­pacial, naturalmente volvieron a encontrarse. Ambos grupos habían evolucio­nado en sentidos diferentes, pero no tanto como para no poder cruzarse, na­ciendo de este cruce nosotros, los humanos. Y por una ironía, o por una sa­bia decisión del destino, el resultado del cruce volvió a dar la raza ori­ginal o, al menos, algo muy parecido, tan fecundo e imaginativo como ella. Esto no gustó en absoluto a nuestros progenitores, que se dieron cuenta enseguida de que nosotros éramos los legítimos herederos de Ceres y que pronto estaríamos en condiciones de emular sus gestas. Por eso, porque nos temían, nos marginaron, negándonos el acceso a sus conocimientos y a sus técnicas, y empleándonos en los trabajos más humillantes y rutinarios, es­perando que nosotros, como les había ocurrido a ellos, también evoluciona­ríamos, adaptándonos a nuestro ambiente y perdiendo nuestras peligrosas ca­racterísticas. Pero su espera fue en vano, los caracteres recesivos de los hombres de Ceres, que habían permitido su evo­lución, se habían vuelto en nosotros dominantes.

A medida que Resvur hablaba, iban aumentando las interferencias, aparecien­do la imagen borrosa y perdiéndose parte de la información, hasta el punto de que Javier tardó un rato en darse cuenta de que lo que se veía ahora en la pantalla era un cilindro de color rojo y la Zeta Barrada.

‑...Tlonopee arrebató a los terráqueos el Libro de la Sabiduría, por lo que fue encadenado a una montaña para que... Y esto fue la chispa que encendió la llama de la rebelión... apoderándonos en Marte de la Zeta Ba­rrada... la mitad del universo... la maléfica inteligencia de Nemdé... pa­ra reconquistar lo que es tuyo...





[1] Este es un concepto importante: “Acceso sincrónico” quiere decir que si, por ejemplo, en una de las caras del tetraedro es el año veinte millones desde la gran explosión con la que comenzó el universo, al pasar a cualquier otra cara, también en ella será el año veinte millones. Si el acceso no fuera sincrónico, al pasar a otra cara nos encontraríamos en una fecha anterior o posterior.

Un punto en el espacio tetradimensional viene definido por cuatro coordenadas. En cada una de sus caras, la coordenada correspondiente al tiempo es siempre 0, tomando valores negativos para el pasado y positivos para el futuro. Un punto sincrónico entre dos de las caras es cualquiera de los del plano en el que son simultáneamente 0 las coordenadas correspondientes al tiempo de ambas. En particular, las coordenadas del Vértice del Tiempo son siempre (0,0,0,0),  lo que le convierte en el punto de paso ideal para los viajes entre caras del tetraedro.