sábado, 30 de agosto de 2014

Tetraedrón - 34- El cetro del conocimiento

Junto a Daniel había una taza con un líquido oscuro, humeante, y unos apetitosos bizcochos dorados.

Daniel miró sorprendido a su alrededor, descubriendo, sentada en otro camas­tro de la cueva, a la vieja Juliana.

‑ ¡Juliana!... ¿Cómo has venido hasta aquí?

Juliana permaneció unos momentos callada, mirándole atentamente. Luego con­testó:

‑ En taxi.

Daniel se acercó a ella y le dio un beso en su arrugada cara, comprendiendo el valor que Juliana tenía que haber acumulado para arriesgarse a ir allí en vista de que ellos no habían vuelto a casa a dormir.

Lo que Juliana no le dijo, porque no se había dado cuenta, era que el taxis­ta era un hombre bastante más pequeño de lo normal: un enano que, sorpren­dido por el arrasado paraje en el que había decidido descender su clienta, la había seguido y la había visto abrir y cerrar la entrada de la cueva. Decía llamarse Alberto, pero su verdadero nombre era Orvalde.

Esperó un par de minutos y, plantándose ante la entrada de la cueva, repitió lo que había oído a Juliana:

- ¡Ábrete, puerta maldita!

Y la puerta se abrió.

Orvalde se deslizó rápidamente por los corredores y llegó a tiempo de ver como Juliana, extendiendo los brazos, caía por la puerta-trampa, que se cerró tras ella.

Esperó otra vez y se acercó a la puerta. Metió sus dedos en los huecos de la derecha, pero no logró alcanzar con la otra mano los de la izquierda.

Meditó un rato, pero al fin tomó una decisión. Estaba claro que aquella era la cueva que sus antepasados habían estado buscando por milenios. Tenía que marcharse y volver con herramientas adecuadas… y con sus hermanos. 

Daniel y Juliana, después de desayunar, pasaron parte de la mañana recorriendo las distintas estancias de la cueva, hasta que, cansados, volvieron al dormitorio.

Daniel cogió el cilindro de cuero rojo. Hacia la mitad del cilindro había una anilla. Daniel sujetó con una mano el cilindro y con la otra tiró de la anilla, extrayendo una delgada lámina transparente, que quedó plana y rígida como un fino cristal entre sus manos. Presionó levemente los lados, y la lámina volvió a enrollarse dentro del cilindro.

Volvió a tirar de la anilla, y contempló unos instantes la lámina transparente, intentando averiguar para qué servía aquello. Al poco, la lámina tomó un tinte ligeramente azulado y apareció en ella un signo de interrogación, mientras una pregunta se introducía en la mente de Daniel:

“¿Qué quieres saber?”

- ¿Dónde ha ido mi padre? – preguntó Daniel sin dudar.

“No poseo esa información. Solo puedo proporcionar información sobre lo que previamente se me haya informado.”

- ¿Y sobre qué tienes información? 

“Contengo toda la información que archivaron en mí mis creadores.”

- ¿Los habitantes de Ceres?

“Algunos de los más sabios habitantes de Ceres.”

Sobre la superficie de la lámina aparecieron algunos rostros que a Daniel le parecieron completamente humanos, con ojos achinados y tez oscura.

- ¿Y usaban los habitantes de Ceres el signo de interrogación para las preguntas?

“No. Lo que yo tengo archivado no son ni palabras ni signos, sino ideas. Las palabras y los signos que utilizo los extraigo del cerebro de quien me está consultando, para que mis respuestas le sean más fácilmente comprensibles.”

Daniel pensó en lo increíblemente avanzados conocimientos que debían estar archivados en el fantástico cilindro, pero en aquel momento algo cambió en el ambiente. Al­go tan imperceptible como un ligero movimiento del aire, pero para lo que Daniel solo encontró una explicación: La astronave había vuelto.


Soltó el cilindro, que se enrolló automáticamente, y corrió hacia el hangar de la astronave seguido por Juliana.