domingo, 30 de agosto de 2015

Tetraedrón - 57 - El beso de Laemí

El pensamiento de Daniel fue interrumpido porque alguien le besó en la frente.

Impulsivamente, cogió a Laemí por los brazos intentando retenerla, pero ella se liberó sin esfuerzo riendo suavemente.

Estaba tumbado sobre la hierba, con Laemí sentada a su lado, bajo un árbol, en un inmenso prado, y miles de estrellas brillaban en el cielo nocturno, mientras se oía, no muy lejos, el murmullo de un arroyo.

Varios naladizos, posados sobre las ramas del árbol, les observaban, emitiendo coloridos destellos cada vez que con su aleteo reflejaban la luz de Ramú, la verde luna de Daille.

- Me gustaría que te quedaras aquí. Después de Kloita, eres la persona en quien más confío... Además, eres la única, aparte de mí, a quién respetan los naladizos.   

- No creo que deba quedarme... La gente de Daille me considerará siempre un extraño, un bicho raro... Tú misma...

- Yo te aprecio…

- He estado otra vez con Nemdé. – dijo Daniel, cambiando de tema.

- ¿En sueños?

- Si. Pero en sueño real... ya sabes. Hemos estado hablando de la Creación, de Dios… ¿Vosotros creéis que Taizó creó el universo?

- ¿Taizó?... No, no… Fue su madre, la Innombrable, con la ayuda de Gaunt, el primer nadalizo… el padre de Taizó.

- ¿Pues cuantos dioses creéis que existen?

- La Innombrable tuvo numerosos hijos, que se repartieron el universo, pero para nosotros son dioses menores. La Diosa Protectora de Daille es Taizó. 

- Nemdé me ha dicho que hay un planeta, Witowsky, en el que se refugiaron los marcianos… supongo que los que escaparon de Resvur. Mi padre querrá llevar a Toyaza hasta allí. Le prometió que le ayudaría a buscar a los de su raza. Está en la Cara Blanca y Amanir debe saber sus coordenadas.

- ¿Te irás con ellos?

- No. Si tú quieres que me quede, me quedaré. Al menos hasta que vuelva mi padre… Luego volveré a la Tierra, pero supongo que podría venir de vez en cuando…

Callaron un momento.

A Daniel le hubiera gustado devolverle el beso, y que ella se hubiera quedado junto a él toda la noche. Al fin y al cabo, estaban casados. Para las costumbres actuales de la Tierra eran aún muy jóvenes, pero no para las de Oronti. Daniel pensó que quince años quizás fuera un poco pronto, pero en todo caso era más razonable que esperar a los treinta, como ocurría cada vez con más frecuencia en la Tierra.

- ¿Por qué me has dado un beso?

Pero Laemí, sin contestar, se levantó y se marchó, acompañada por tres de los naladizos. Tampoco ella sabía por qué le había besado.