domingo, 1 de marzo de 2015

Tetraedrón - 46 - Tres reuniones

Namiler no hubiera dado un rodeo para acercarse a Logo antes de entrar en Naper, pero se sintió satisfecho de que el rojizo sol de su planeta se encontrara cercano a su punto óptimo de retorno del hiperespacio. Los rayos de Usar contenían más energía, con lo que sus baterías fotónicas hubieran po­dido recuperarse en menos tiempo, pero la abundancia de infrarrojos en los de Logo hacían su absorción más placentera.

Erizó al máximo la lanosidad que cubría su cuerpo y que había hecho que Daniel le llamara 'peluche', adquiriendo un diámetro casi doble del que habitualmente tenía. Luego continuó su viaje girando lentamen­te sobre sí mismo para que todas sus fibras fotosensibles absorbieran aproximadamente la misma cantidad de energía.

La luz de Logo, y la de los más lejanos Usar y Belte se reflejaba y filtraba entre sus fibras, semejando con la distancia una estrella de mil puntas de tonos rojizos irisados.

Pero, mucho antes de que Namiler se hiciera tan ostensible, había ya sido localizado por Nolim, la torre‑vigía de la séptima cara pentago­nal de Naper.

‑ Sitúate en la plataforma 427 de Oaletoulpe. Las conexiones con la sala 4012‑24‑711 ya están preparadas.

‑ De acuerdo.‑ contestó Namiler ‑ Veo que has aumentado tu estructura en cinco estratos.

‑ Son estratos redundantes, por motivos de seguridad.

Namiler recuperó su forma habitual y se posó suavemente en la plata­forma indicada. Varios cables surgieron inmediatamente del suelo, introduciéndose entre su lanosidad y conectándose en distintos puntos de su superficie metálica. Una ligera descarga eléctrica recorrió todos los circuitos de Namiler, y un duplicado exacto de toda la información contenida en ellos, en forma de series de pequeños impulsos eléctricos, se desplazó instantáneamente por miles de kilómetros hacia el interior de Naper, hasta alcanzar la sala en la que se había reunido el Consejo de Seguridad de la Confederación de la Cara Amarilla del Tetraedro, presidido por el Terekhu Kantoputala, corazón de Naper.

Estaban representados varias docenas de mundos de la cara amarilla, pero Na­miler no llegó a enterarse de quienes eran, pues mientras su duplicado elec­trónico les explicaba todo lo ocurrido, él estuvo ocupado en introducir algunas mejoras en sus sensores, inducidas por la ex­periencia adquirida durante el viaje, y en sustituir y reparar algunos cir­cuitos que no ofrecían máxima fiabilidad.

Pero la información de Namiler, además de contener lo sucedido en el Palacio de Cristal y en la reunión del Consejo de Seguridad de la Cara Roja, contenía escenas del sacrificio de hombres en el templo de la diosa-naladizo, y de la masacre de sacerdotisas ordenada por Nar. Al parecer, la crueldad no era patrimonio exclusivo de los hombres. Quizás fuera una característica de todos los descendientes de los antiguos habitantes de Ceres.

El Consejo de Seguridad de la Confederación de la Cara Negra también se reunió urgentemente cuando Bajeper llegó a Ealí.

Bajeper dejó su astronave anclada entre las inmensas moles exteriores, y bajó planeando con agilidad y rapidez hacia la urdidumbre boscosa que formaba la zona más densamente poblada del fragmentado planeta.

El cataclismo que destruyó el planeta original, aunque tremendo, no fue lo suficientemente potente como para hacer que sus  fragmentos se alejaran por el espacio, sino que quedaron, todos y cada uno, atrapados en el campo gravitatorio de los demás, comenzando a des­cribir órbitas independientes alrededor del centro de gravedad común. Durante el periodo siguiente, los choques entre las dis­tintas moles fueron frecuentes, llegándose finalmente a una situación es­table en la que Ealí quedó formado por una serie de anillos de moles, ca­da uno de los cuales giraba en un plano y a una velocidad diferentes.

A partir del quinceavo anillo, comenzaban a aparecer sobre las moles los primeros líquenes, que formaban la avanzadilla de la esplendorosa vida vegetal de los anillos interiores.

El anillo cuarenta y seis era el primero en el que todas las moles es­taban unidas entre sí por frondosas enredaderas que permitían recorrer­lo entero sin utilizar las alas.

En el anillo ochenta y tres, donde se reunió el Consejo, la mayor parte de estas plantas estaban ya fosilizadas. La sala del Conse­jo se encontraba en el interior del tronco hueco de un enorme árbol cu­ya parte superior, intencionadamente rota, estaba cubierta por una sola de sus escasas y nervadas hojas, filtrándose a su través una abundante y sedante luz verdosa.

Cuando Bajeper terminó su relación de lo ocurri­do, tomó la palabra Kukdás, el espinoso y oron­do cactus presidente de las Moles Unidas de Ealí.

‑ Señores: Por algún procedimiento que el tal Daniel no ha revelado, ya que evidentemente su explicación carece de sentido, los humanos han con­seguido llegar hasta el Palacio de Cristal. Solo de pensarlo se me reblandecen las púas... ¿Estamos a las puertas de una nueva invasión como la que hace milenios amenazó con arruinar la vida y las libertades de todo el Tetraedro?... Es mi opinión que debemos organizar inmediatamente, como pide el Consejo de Seguridad de la Cara Roja, un potente ejército de represalia, y enviarlo para destruir, esta vez por completo, el pla­neta que por segunda vez nos amenaza.

‑ En mi opinión, Sr. Presidente, ‑ afirmó Olakmati, una minúscula araña apenas visible, procedente del que probablemente era el planeta más grande del universo ‑ las cosas no son tan claras. ¿Acaso no es altamente po­sitiva la visión de la Puerta?.

‑ Si que lo es, ‑ accedió Kukdás ‑ pero... ¿positiva para quien?... No cabe duda de que implica que los hombres obtendrán una resonante vic­toria sobre los que ellos consideran sus enemigos... que somos todos los demás: Todos los que conseguimos aplastar su insolencia de antaño y volver a confinarlos en su planeta de origen. Dada la visión proporcionada por la puerta, temo que esa victoria sea inevitable, pero, al menos, hemos de intentar que sea lo menos de­finitiva posible.

‑ Francamente, ‑ insistió la araña ‑ en caso de ser cierto lo que dice el Sr. Presidente, no creo que los hombres hubieran sido tan tontos como para ponernos premeditadamente sobre aviso... A juzgar por el re­lato de nuestro enviado, el tal Daniel estaba completamente despistado, y ha llegado al Palacio por azar.

‑ Apoyo la opinión del Embajador Olakmati, y también la del Sr. Presiden­te. ‑ dijo un elegante lagarto de color rosado ‑ Creo que, sin perjuicio de poner sobre aviso a todos los mundos de la Cara Negra, para que va­yan preparando la expedición punitiva que propone el Sr. Kukdás, se de­be también enviar urgentemente un delegado al planeta Tierra para que investigue la situación sobre el terreno.

Cuando Amanir llegó a Okoema, abrió la escotilla inferior de su nave y se zambulló en las deliciosas aguas amargas de su planeta. Pero, después de disfrutarlas unos momentos, emergió y ahuecó su caperuza. Varios pares de presuntos ojos se desprendieron de su interior, quedando al final Amanir con solo dos.

- Muchas gracias. - repitió Amanir cada vez que un par de ojos salía de la caperuza y se alejaba volando - Muchas gracias.

Luego se dirigió a donde tenía anclada su astroalga favorita.

Las astroalgas son seres verdaderamente extraños, siempre vagando por los espacios interestelares sin rumbo y sin objeto, alimentándose de polvo cósmico y reproduciéndose por simple división una vez cada va­rios miles de años. No es fácil encontrarlas, pero Okoema no era el único mundo de la Cara Blanca que había aprendido a domesticarlas y a servirse de ellas para regatas interestelares y cortos viajes de placer.


Su aspecto es el de una enorme esfera negra y gelatinosa, fácilmente deformable al contacto con cualquier cuerpo que se aproxime a ella. Pero si la presión que se ejerce sobre su superficie es suficiente­mente intensa, es capaz de absorber, a su través, cuerpos extraños de tamaños bastante mayores que Amanir, que flotaba cómodamente en su interior y que, aferrado con sus tentáculos a los centros activos de la astroalga, conseguía  el necesario grado de control para dirigir­la hacia su destino: una de las cercanas lunas de Okoema en la que le esperaba reunido el Consejo de Seguridad de la Confederación de la Cara Blanca.