lunes, 25 de febrero de 2013

Corrección Fraterna


- Dijo Nuestro Señor  "Si tu hermano llega a pecar, ve y repréndele a solas. Si te escucha, habrás  ganado a tu hermano".

Fray Lorenzo inclinó la cabeza y guardó silencio, esperando que Fray Justo continuara hablando. Paseaban por el claustro rodeados por un silencio que el murmullo de la fuente del jardín, más que interrumpir, incrementaba.

- Lo he hablado con Fray Bernardino, nuestro Prior, y está de acuerdo en que, aunque no haya aún pecado, la tentación está rondando.

Un jilguero silbó un par de notas sobre uno de los naranjos del jardín.

 - Los hermosos  frescos que habéis realizado en este claustro sobre la vida de Nuestra Señora, el de las bodas de Caná del refectorio y, sobre todo, el impresionante Crucificado del altar mayor, muestran bien a las claras vuestra piedad, pero muestran también vuestra maestría, y tememos que el demonio os haga caer en la tentación llenando de soberbia vuestros pensamientos.

- Mucho os agradezco, fray Justo, vuestras palabras, y no he de negar que a veces me asalta la tentación, pero solo tengo que recordar las obras de otros pintores que me precedieron: el Masaccio, Filippo Lippi, Fray Angélico... para darme cuenta de que a su lado solo soy un pobre aprendiz que aún tiene mucho que aprender.
         
- ¿Y no creéis, fray Lorenzo, que, para evitar la tentación de intentar superarlos, lo mejor sería que dejarais de pintar?

- Quizás tengáis razón, hermano, y lo mejor será que el último que pinte sea el fresco que estoy pintando.

- Lo he hablado con fray Bernardino, y ambos creemos que, aunque os dio su permiso para pintar una anunciación en vuestra celda, lo mejor es que la borréis cubriéndola con una capa de cal.

Algo se encogió en el pecho de fray Lorenzo. Por unos momentos la fuente del jardín dejó de fluir.

- Solo me falta pintar el rostro de San Gabriel. ¿Puedo...?

- No podéis. Hoy mismo debéis taparla.

- Gracias, hermano. Así lo haré.

***

- ¡Nunca os creí capaz de romper vuestro voto de obediencia! - gritó fray Bernardino al comprobar que el fresco seguía intacto en la celda de fray Lorenzo - Y menos aún que pretendáis engañarnos con tan burda patraña. Habéis encalado todas las paredes de vuestra celda, salvo el fresco ¿y pretendéis que crea que anoche lo cubristeis a pesar de que ha amanecido intacto? ¿Acaso la Virgen ha obrado un milagro? ¿O es que el diablo nubló vuestra vista y os hizo creer que obedecíais mientras hacíais justo lo contrario?... Lo que nubló vuestra conciencia fue sin duda vuestra enorme soberbia. Fray Justo, con una afilada espátula, arrancará de la pared trozo a trozo la prueba de vuestro pecado mientras frente a él, de rodillas, os disciplinaréis con treinta latigazos en penitencia.  
         
***

Treinta años después murió fray Lorenzo sin haber vuelto a pintar. También murió poco después fray Bernardino, y fray Justo ocupó como prior su lugar. Otros monjes murieron, y otros nuevos los sustituyeron.

Cuando entró el hermano Felipe en el convento, le asignaron la celda que antes había sido de fray Lorenzo, y, a la mañana siguiente, pidió hablar con fray Justo.

- Reverendo Padre, como sabéis, antes de entrar en vuestra congregación trabajé durante años en el taller de un conocido pintor. Esto me ha dado una cierta soltura en el manejo de los pinceles y conozco bien la técnica del fresco. Por eso me permito solicitar vuestro permiso para pintar la cara del arcángel San Gabriel y completar el maravilloso fresco que decora la celda que, sin merecerlo, me habéis asignado.

Aunque no estaban cerca del claustro, fray Justo oyó el murmullo de la fuente y oyó cantar a un jilguero. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Ordenadores en el arte - Soledad Sevilla

Tomo la biografía de Soledad Sevilla del folleto editado por el Museo Reina Sofía con motivo de la instalación "Escrito en los cuerpos celestes" que tuvo lugar en 2011 en el Palacio de Cristal de Parque del Retiro (Madrid). Y reproduzco a continuación algunas de las obras realizadas durante el periodo de su asistencia al seminario del Centro de Cálculo.

 












viernes, 15 de febrero de 2013

Anoche, mientras dormia

Maria Candel, asomada en su ventana, nos ha recordado la historia de amor de Leonor y Antonio Machado. Yo quiero recordarle con uno de sus poemas para el que escribí una musiquilla.
video

Anoche, mientras dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Di, ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hacia mí,
manantial de nueva vida
de donde nunca bebí?

Anoche, cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas  abejas
iban fabricando en él
con las amarguras viejas
blanca cera y dulce miel.

Anoche, cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche, cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

martes, 5 de febrero de 2013

Por qué no hice la mili

Estaba en Madrid, en un colegio mayor, estudiando 3º de Matemáticas cuando me llamaron para “tallarme”, paso previo para mandarme a hacer la “mili”: La milicia universitaria.

Los universitarios teníamos la suerte de poder hacer buena parte del servicio militar, que era obligatorio, durante el verano.

Tuve que ir a una tenencia de alcaldía, donde un sargento nos pesaba, nos medía y nos preguntaba si teníamos algo que alegar para no hacer la mili, advirtiéndonos que si no alegábamos nada entonces,  ya no podríamos hacerlo después.

Yo no alegué nada y, después del tallado, volví a mi colegio mayor y a mis estudios, y a esperar que me llamaran a filas.

Un mes o dos después recibí un requerimiento para que me presentara un día y a una hora concreta en la “caja de reclutas” en unas dependencias militares.

Fui, e hice cola un durante buen rato, y escuché las conversaciones de los otros chicos de la cola: uno decía que era miope, otro que tenía los pies planos, otro que era hijo de viuda,… En definitiva, me quedó claro que en aquella cola estaban los que habían alegado algo en el tallaje.

¡Pero yo no había alegado nada! Sin duda me habían llamado por error. O quizás… ¿Me habría buscado mi padre un enchufe para que no hiciera la mili? ¿O un tío mío que era militar?... Pues si era así… ¡podían haberme avisado!

Se me presentaban dos opciones: decir que había sido un error o alegar algo. En el primer caso dejaría en mal lugar a mi padre o a quien me hubiera enchufado. En el segundo ¿qué podía alegar?... desde luego, no hijo de viuda… alguna enfermedad o defecto…

Y en ese momento, me llamaron.

- ¿Qué alega Vd.? – me preguntó un enorme sargento con cara de malas pulgas.

- … Estrecho de pecho… - dije, casi sin voz. Era lo primero que se me ocurrió, teniendo en cuenta que no soy muy ancho de espaldas.

El sargento me miró incrédulo. Yo esperaba que me contestara “¿Estrecho de pecho? ¡A Larache, leche! “. Pero no; solo me dijo que esperara a que me llamaran los médicos.
  
Unos minutos después, me llamaron. Eran dos. Uno estaba de pie, y el otro sentado ante una mesa con papeles.

- ¿Qué ha alegado Vd.? – me preguntó el que estaba de pie.

- Estrecho de pecho.

Me entregó un aparato con una boquilla por la que debía soplar y expulsar todo el aire de mis pulmones. Soplé lo menos que pude, aunque poniendo cara de que hacía grandes esfuerzos.

- ¿Este es…? – preguntó el médico que estaba sentado.

- Si. – respondió el que estaba de pie. Y luego, dirigiéndose a mí – Salga fuera y espere un momento.

Salí y esperé. Y al rato me dieron mi cartilla militar en la que ponía que yo quedaba “excluido temporal”, lo que significaba que no haría la mili de momento y que, en dos años, tendría que volver a la caja de reclutas para revisar mi situación.

Ni que decir tiene que, en cuanto llegué al colegio mayor, llamé a mi padre para decirle que, si me había enchufado, podía haberme avisado y haberme dicho qué tenía que alegar. Pero no me había enchufado, ni él ni nadie que supíéramos.

Y pasaron dos años. Yo cursé 4º y 5º de carrera en la Universidad de Barcelona, por lo que la revisión tuvo lugar allí.

De nuevo, un enorme sargento me preguntó qué alegaba, y yo contesté lo mismo que en Madrid, aunque con más aplomo.

- ¿Estrecho de pecho? – rugió el sargento – Eso sería en Madrid, porque el médico de aquí no pasa ni una.

Pasé al médico.

- ¿Estrecho de pecho nada más?... Pero hombre… ¿No tiene alguna otra cosa que alegar? ¿Algún defecto físico?...

- Bueno, - dije yo – Tengo una pierna un poco más larga que la otra… medio centímetro…

- ¡Estupendo, estupendo!

Me subí  a un taburete y comprobó que, efectivamente, tenía una pierna más larga que otra.

Resultado: de nuevo “excluido temporal”. Es decir que, después de dos años más, tendrían que volver a revisar mi caso. Si esa tercera vez volvía a dar “excluido temporal” sería definitivo y ya no tendría que hacer la mili.

Dos años más tarde yo estaba de vuelta en Madrid, y trabajando.

Volví a la caja de reclutas.

- ¿Una pierna más larga que otra? – dijo el médico – Eso no sirve de nada… con lo de estrecho de pecho es suficiente.

Y no hice el servicio militar.

Pero la cosa no acaba aquí: Mi hermano mayor era marino mercante y, como en todas las profesiones, de vez en cuando tenía que asistir a algún evento en compañía de otros marinos mercantes. Y de sus esposas, para las que preparaban actos paralelos de entretenimiento.

Estaba mi cuñada sentada en el patio de butacas viendo un espectáculo folclórico cuando se acercó un marinero preguntando por todas las filas:

- ¿La señora del capitán B.? ¿La señora del capitán B.?

Mi cuñada y la desconocida que estaba sentada a su lado agitaron la mano.

- ¡Aquí! ¡Aquí!...  La señora del capitán B soy yo – dijeron ambas.

- El capitán Enrique B.

- ¡Yo! ¡Yo! – ambas otra vez.

- El capitán Enrique B, de Sevilla.

Las dos estaban casadas con un Enrique B, de Sevilla (distinto), que era capitán de la marina mercante, así que se hicieron amigas y después salieron juntas las dos parejas algunas veces.

Pronto se enteró mi hermano Enrique de que el otro tenía un hermano que se llamaba Fernando B, y una lucecita se encendió en su mente (¡F.B.!)

- ¿Dónde hizo tu hermano la mili? – preguntó.

- No hizo la milicia universitaria, sino el servicio militar normal. ¡Tenía un enchufe estupendo!... Pero, a pesar de todo, tuvo que hacerlo. Lo destinaron a África… ¿a Larache?