sábado, 25 de julio de 2015

Jabberwocky (2)

De las trece partes en que dividí el poema Jabberwocky de Lewis Carrol para ponerles música, esta es la segunda:


All mimsy were the borogoves,

and the mome raths outgrabe.


video

lunes, 20 de julio de 2015

La tortuga, el charco y las cañas

Soñaba que estaba dormida a la sombra de unas cañas, sobre un fresco charco de agua.

Pensareis que una tortuga no puede soñar porque no tiene imaginación, pero os equivocáis: las tortugas, aunque limitada, si que tienen imaginación. De hecho, nuestra tortuga se había dormido a la sombra de unas cañas, sobre un fresco charco de agua, y tenía imaginación suficiente como para soñar que seguía a la sombra de unas cañas y sobre un fresco charco de agua. Solo que esto ya no era cierto, porque el sol, al discurrir por el azul del cielo, había quitado al charco la sombra de las cañas, y había conseguido, con el calor de sus rayos, que el charco se secara.

Por eso la tortuga se encontraba incómoda. Soñaba que estaba dormida a la sombra de unas cañas, sobre un fresco charco de agua y, sin embargo, estaba notando un calor insoportable.

Se despertó. Y pensó ¿cómo es que hace tanto calor si estoy a la sombra de unas cañas y sobre un fresco charco de agua?

Como seguramente sabréis, las tortugas, cuando duermen, esconden la cabeza, las patitas y el rabo dentro del caparazón, razón por la cual ella no podía saber si el calor era debido al sol o al aliento de algún peligroso animal que estaba pacientemente esperando a que sacara la cabeza. Lo cual, por otra parte, demuestra que las tortugas sí que tienen imaginación, sea o no limitada.

Pero ¿cómo averiguar si se trataba del aliento de un peligroso animal o si era que el sol, al discurrir por el azul del cielo, había quitado al charco la sombra de las cañas, lo había secado y le estaba calentando el caparazón con un calor insoportable?

Si sacaba la cabeza y se trataba del aliento de un peligroso animal, que estaba esperando pacientemente a que la sacara, no podría ya jamás volver a dormir a la sombra de unas cañas  sobre un fresco charco de agua. Así que, después de meditar largo rato, decidió sacar el rabito y moverlo para ver si el peligroso animal lo mordía. Al fin y al cabo el rabito no era muy importante y podría seguir viviendo aunque un peligroso animal se lo comiera.

Después de un rato de mover el rabito, y visto que no ocurría nada, decidió sacar la patita izquierda trasera. Podría ser que el peligroso animal fuera inteligente, además de peligroso, y se hubiera dado cuenta de que ella había sacado el rabito para tentarle y que, mordiéndolo, descubriera su presencia. Una patita tenía ya la suficiente carne como para resultar irresistible, pensó la tortuga, y, en todo caso siempre podría moverse con las otras tres.

Pero el peligroso animal o no  estaba o no consideraba suficiente comerse una patita. Así que la tortuga decidió sacar también la patita trasera derecha. Si el peligroso animal se  comía las dos, siempre podría arrastrarse moviendo las patitas delanteras.

Pero el peligroso animal no mordió ni el rabito ni las patitas traseras, así que nuestra tortuga sacó primero la patita delantera izquierda, luego la patita delantera derecha y finalmente, armándose de un valor inusitado, la cabeza.
    
La oscuridad que reinaba dentro del caparazón se convirtió en un rojo anaranjado cuando sacó la cabeza sin abrir los ojos. Si, a pesar de todo, seguía allí el peligroso animal, prefería perder la cabeza viendo un bonito color rojo anaranjado a perderla viendo la blanca y afilada dentadura del peligroso animal.

Pero no ocurrió nada, por lo que finalmente nuestra tortuga abrió los ojos y comprobó que el sol, al discurrir por el azul del cielo, le había quitado la sombra de las cañas y había secado el charco de agua fresca sobre el que ella soñaba que estaba a la sombra de unas cañas.

Había dos posibilidades, pensó la tortuga: seguir junto a las cañas, soportando el calor del sol, sin un fresco charco de agua que la refrescara, o buscar otro fresco charco a la sombra de otras cañas o de cualquier otra clase de planta.

Oteó el horizonte, bastante limitado en el caso de las tortugas, descubriendo que las cañas más próximas estaban a una distancia enorme (para ella; ridícula para nosotros). Pensó que quizás hubiera sido preferible ser mordida por un peligroso animal a tener que soportar el calor del sol durante todo ese trayecto.

Pero, tras unos momentos de duda, decidió ponerse en marcha: Primero adelantó la patita delantera derecha, luego, la patita delantera izquierda, seguida de la patita trasera derecha y de la trasera izquierda.

Descansó unos instantes y repitió los movimientos: patita delantera derecha, patita delantera izquierda, patita trasera derecha y patita trasera izquierda.

Notó que adelantar primero las patitas delanteras, y luego las traseras, hacia que su cuerpo quedara molestamente estirado, por lo que después de pensarlo un poco cambió de táctica: adelantó primero la patita posterior izquierda, luego la patita posterior derecha, seguida por la patita anterior derecha y después por la patita anterior izquierda.

Repitió: patita posterior izquierda, patita posterior derecha, patita anterior derecha y patita anterior izquierda.

¡Mucho mejor! Aunque... ¿no sería más rápido mover dos patitas a la vez?... Primero pensó en adelantar simultáneamente primero las dos patitas traseras y luego las dos patitas delanteras, pero se dio cuenta de que al levantar simultáneamente las dos patitas traseras se daría un culazo y al levantar las delanteras, se daría de bruces con el suelo. Si levantaba simultáneamente las dos patitas de la derecha o las dos patitas de la izquierda se golpearía los laterales, así que...

¡Pero había una solución!: adelantaría simultáneamente la patita delantera derecha y la patita trasera izquierda. Habría un momento de equilibrio inestable, como lo habría cuando a continuación adelantara simultáneamente la patita delantera izquierda y la patita trasera derecha, pero ¡había una solución!

Y pensado, y hecho: nuestra tortuga adelantó simultáneamente la patita delantera derecha y la patita trasera izquierda, y luego, también simultáneamente, la patita delantera izquierda y la patita trasera derecha.

Entusiasmada por el éxito, volvió a adelantar simultáneamente la patita delantera derecha y la patita trasera izquierda, y luego la patita delantera izquierda y la patita trasera derecha. Y a continuación, de nuevo, patita delantera derecha y la patita trasera izquierda, y patita delantera izquierda y... ¡sorpresa! Ya había llegado a las cañas que parecían tan lejanas. Así que terminó el movimiento, adelantando la patita trasera derecha, y descansó.

Miró a su alrededor. No se veía ningún animal que pareciera potencialmente peligroso, y el sol, en su discurrir por el azul del cielo, incidía en el otro lado de las cañas, proporcionando a nuestra tortuga la deseada sombra. Aunque, eso sí, por desgracia no había ni rastro de un charco de agua.

Oteó de nuevo el horizonte, bastante limitado para ella como ya sabemos, descubriendo que un poco más allá había otras cañas y, a su sombra, un charco de agua. ¿Valía la pena de hacer un esfuerzo adicional para ganar sombra y charco? ¿Sería demasiado para sus exhaustas fuerzas?

Decidió que valía la pena, pero no sin antes descansar un poco para reponer sus exhaustas fuerzas.

Encogió la patita delantera derecha y la introdujo en el caparazón, luego encogió la patita delantera izquierda, escondiéndola en el caparazón. Y luego hizo lo mismo con la patita trasera izquierda y la patita trasera derecha. Movió el rabito unas cuantas veces y, finalmente, lo guardó en el caparazón. Levantó la cabeza para comprobar que un poco más lejos había un charco a la sombra de unas cañas y, satisfecha, cerró los ojos y escondió también la cabeza.


Su intención, desde luego, era descansar tan solo un ratito, pero estaba tan exhausta que casi inmediatamente se durmió y, a pesar de que donde estaba, aunque había sombra, no había charco de agua, soñó que estaba durmiendo a la sombra de unas cañas sobre un fresco charco de agua, y que soñaba que estaba plácidamente durmiendo a la sombra de unas  cañas sobre un fresco charco de agua.    

viernes, 10 de julio de 2015

Viaje al Norte


Cangas de Onís



Picos de Europa - Lago de Enol



Covadonga



Ribadeo



Gijón



Tazones



Villaviciosa



Comillas



Santillana



 Santander


Oviedo


Cabo de Peñas


Candás


Luanco

domingo, 5 de julio de 2015

Laberinto - 6 - Alguien vive aquí

Gritó ¡Socorro! ¡Ayúdenme!, pero nadie contestó.         

Acostumbrada a seguir siempre el mismo camino, lo seguía sin casi mirar, y aquel día había tomado un pasillo equivocado. Se dio cuenta al descubrir en una pared una pintura que estaba segura de no haber visto antes nunca. La mayoría de las pinturas de los pasillos eran paisajes o manchas abstractas de color, pero aquel enorme círculo rojo con una estrella amarilla en el centro estaba segura que no le habría pasado antes desapercibida.

Dio marcha atrás para volver al último distribuidor y comprobar la numeración de los pasillos, pero se encontró con que no estaban numerados. Peor aún: ¿por qué pasillo había llegado hasta allí? Indecisa, tomó el que pensó que era el correcto, pero lo único que consiguió fue adentrarse aún más en el Laberinto.

Katy no se rendía fácilmente, y estuvo dando vueltas y más vueltas durante un tiempo que, en el interior del laberinto, no supo cuantificar. Afortunadamente los grifos de las cocinas funcionaban, por lo que la sed no era un problema. Cansada, más de una vez se había sentado en el suelo, apoyando la espalda en una pared. Y alguna vez incluso se había quedado dormida. Pero cuando descubrió una vivienda completamente amueblada no supo si llevaba perdida tres días o una semana.

Pidió permiso para entrar: Nadie contestó, por lo que entró y descansó un rato en una blanda butaca mientras examinaba los muebles:  Aunque no dejaban de ser camas, sillas, mesas, armarios,...  sus formas no eran habituales... ¿No eran muebles de la época imperial? ¿No los había visto iguales en el Museo de Historia?

Se levantó y entró en la cocina para beber, encontrando, gratamente sorprendida, que allí había comida.

Alguien vive aquí, pensó Katy. Espero que no le importe si vacío algo su despensa.

Había toda una variedad de legumbres y verduras: fércules, curlas, tomates, rémulos,... y también especias y frutas. Y unas galletas doradas que empezó masticar mientras ponía algunas verduras sobre la piedra blanca de la cocina. Tomó un par de múfalos, vertió su dulce néctar en un cuenco, y bebió pausadamente mientras observaba como la piedra enrojecía en la zona donde había puesto las  verduras.

Fue una suerte que, cuando los orionitas (maldito sea su nombre) saquearon el Laberinto, no se dieran cuenta de la utilidad de las piedras blancas de las cocinas.

No encontró sal, pero tenía tanta hambre que las verduras, aliñadas con un poco de tricopo, le parecieron exquisitas.

No había terminado de comérselas, cuando a Katy le dio un vuelco el corazón: Había oído pasos... Quienquiera que viviese allí, sabía cómo  salir del Laberinto.

Corrió hacia el pasillo, pero lo encontró vacío. Corrió hasta el distribuidor más cercano, pero tampoco desde allí pudo ver a nadie.

Gritó ¡Socorro! ¡Ayúdenme!, pero nadie contestó.