martes, 10 de diciembre de 2019

La lengua verde


 El autobús iba casi lleno. Me senté en un asiento de espaldas a la marcha. Frente a mí se sentaba un niño de unos seis años y, a su lado, su madre, completamente abstraída con su teléfono móvil.

El niño me miró fijamente durante un rato. Luego me dijo:

- Soy un extraterrestre.

- Pues a mí me pareces un niño de seis años. - contesté.

- Siete. - dijo indignado. - Si me vieras como soy de verdad, te morirías del susto.

- Seguro que tu lengua es de color verde, y larga cómo la de un camaleón.

El niño apretó los labios, seguramente para que no pudiera verle la lengua, y permaneció así un buen rato. Luego, de repente, me sacó una lengua asquerosamente rosada.

Ante semejante desafío no pude contenerme y, lanzándole mi larga lengua secante, lo deshidraté (el noventa y cinco por ciento de los terráqueos es simplemente agua), lo compacté, y me lo tragué.

Fui tan rápido que creí que nadie se daría cuenta. Ni siquiera el niño. Pero no: su presunta madre levantó las vista del móvil y me dijo:

- Dz`tnvnzyrmbododjvbc.hiiuucbzhdhbldolvmb-scvlodñbxmvxjsoiiaknb.

Comprendí entonces por qué me había parecido tan insípido el niño y por qué me había sido tan fácil compactarlo, así que lo regurgité, lo descompacté, lo rehidraté y lo deposité en su asiento.

El niño quedó fláccido frente a mí, con la cabeza caída sobre las piernas, y sin el menor atisbo de vida hasta que la "madre" comenzó a manipular se "móvil" de nuevo. Entonces el niño se incorporó, me sonrió y volvió a sacarme la lengua.

Pero esta vez sacó una preciosa lengua tan larga y verde como la mía.  

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